
Ayer me ha venido a la cabeza el blog de mi amigo Guardingo, y un escrito en particular, donde relataba su decisión de no volver a un bar por las formas de camareros y camareras y su bordería galopante. Me vino a la cabeza queridísimos lectores porque desde ayer yo he decidido dejar de ir a un bar de mi pueblo por razones distintas pero parecidas.
Verán ustedes, el que escribe tiene la costumbre muy sana, les explicaré el por qué a continuación, de meterse en el retrete femenino del bar en el que está consumiendo las veces que tiene ocasión. Esta actitud, no tiene que ver con ningún tipo de fetichismo femenino, no tiene que ver en absoluto con el descubrir el rincón prohibitivo del genero femenino, en el que en principio nunca estaremos, no tiene que ver en absoluto nada con el morbo que puede suponer encontrarse a una encantadora señorita allí presente. No que va. Es cuestión de higiene.
No se ustedes, y en este caso me dirijo más que nada al género masculino, pero en el noventa y nueve por cien de los casos, los retretes son la cosa más guarra que existe. Meadas en la taza que limitan cualquier acción defecatoria, restos de cagadas, cuando no cagadas enteras, orines en abundancia inundando el suelo llegándole a uno a las rodillas. En resumen una puta pocilga.
De ahí el ir a orinar o defecar en el retrete femenino. Oigan un ejemplo, en la mayoría de los casos, de pulcritud y limpieza que llevan a uno a pensar que el paraiso es una taza y un trozo de papel higiénico.
Ayer tomándome con una amiga unos cafés y unos cigarros, mi buen amigo el bajo vientre me propuso hacer una visitilla rápida al retrete. Viendo que la letrina femenina estaba sin ocupar, y que la ocupación del local en cuestión era baja se me dio por entrar en ese lugar de olor extrañamente limpio que recuerda al anuncio de compresas aquel de a que huelen las nubes. Pues bien, cuando salí del cuarto de baño, la camarera me echó una bronca de padre y muy señor mio. Sorpredente ya que es un bar al que acudo bastante a menudo, no es que sea habitual en el sentido de mis bares diarios, pero si soy habitual. La señorita en cuestión me trató poco menos que a un degenerado, si usted entrase en el establecimiento en el momento de esas malas formas usted deduciría no que había usado el wc de las féminas, que va, pesaría algo relacionado a un caso de pedofilia o incesto.
Totalmente agradable la charla de la señorita en cuestión. El que escribe ni trató de justificarse, ni pidio disculpas ni nada por el estilo. Se largó de allí junto con su agradabilísima compáñía y hasta nunca.
Nunca tuve un accidente por el estilo, ni nunca creo que lo tenga. Pero a ese bar no vuelvo. Que les den por culo, nunca mejor dicho.