Era un crío, si, pero indirectamente ya andaba metido en estos berengenales. Me sentía identificado con Izquierda Unida, con su proyecto, con sus propuestas, con sus ambiciones, con sus lideres.
La defensa de los trabajadores se decía, la salida de la OTAN, el federalismo eran las máximas y los disursos de Julio Anguita una de sus voces. Podía uno estar de acuerdo con él o no, pero su discurso era sincero y creible.
El apoyo a esa Izquierda Unida, nueva, perfumada, fresca crecía y seguía creciendo, pero tras años de rupturas, crisis, desencuentros y casi vidas, y tras la aparición de un nuevo coordinador general, Gaspar Llamazares, lo que antes era algo ilusionante hoy no es más que una figura inerte, un espantapájaros vendido a Iniciativa per Catalunya por un grupo parlamentario, un fiel vasallo del PSOE, una sombra de lo que fue.
Además, esas ambiciones de hace años son distintas totalmente hoy. De hecho hoy mismo, el coordinador general de IU en Andalucía, escribia a Llamazares, quejándose de que las manifestaciones de Gaspar, respecto al apoyo de IU a Zapatero en los presupuestos o la ley de defensa, habían logrado colocar a Izquierda Unida por debajo del cinco por cien de los votos según las últimas encuestas, lo que haría que no consiguiese formar un grupo parlamentario propio.
Triste presente de algo que está obligado a ser y dar más de sí. Por el bien de todos
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